martes, 6 de febrero de 2018

LITERATURA MEDIEVAL - Introducción a la Prosa Medieval – guadahumi2

22 de noviembre 2017

LITERATURA MEDIEVAL   -  Introducción a la Prosa Medieval – guadahumi2


Además de la poesía medieval hay también prosa como el Romancero.

Don Juan Manuel tenía intereses en la Alcarria como en el Infantado, y el pueblos de Guadalajara como Salmerón, Cifuentes, etc.

Es el principal cuenta cuentos de la Edad Media siendo autor y recopilador, pues normalmente la originalidad no se apreciaba en la Edad Media, pues lo importante era recoger la tradición y reelaborar. 

Los cuentos de Juan Manuel eran  habitualmente recogidos de la tradición hispánica, así como de la fuente más antigua que era la India de dónde venían la mayoría de las  colecciones a través de Persia y de los países árabes de norte de África llegando a España y en ocasiones además de atravesar el Mediterráneo también venían atravesando por el contente europeo.

La patria de los cuentos tradicionales, no los cuentos literarios que se comienzan a escribir por la imaginación o creatividad de un autor, sino los que son patrimonio común provienen a través de generaciones o territorios diferentes hasta llegar a España  que junto con Portugal  son los últimos países de Occidente y desde ese lugar se trasladan a América.
De manera que de esta forma los cuentos dan la vuelta al mundo.


EL INFANTE DON JUAN MANUEL



El infante don Juan Manuel era un noble que nació en el castillo de Escalona, en la provincia de Toledo, en 1282 y murió en Córdoba en 1348, él no era infante pues era hijo del Infante Don Manuel, hermano del rey Alfonso X, y heredó de su padre el cargo de Adelantado de Murcia.

En 1294, reinando su primo Sancho IV El Bravo, comienza su vida de relación en la Corte que lo lleva a intervenir en las intrigas políticas entre Castilla y Aragón. En 1299 se casa con Doña Isabel, Infanta de Mallorca, la cual muere al poco tiempo, casándose de nuevo el Infante, en 1311, con Doña Constanza de Aragón, hija de Jaime II. Siguen sus andanzas políticas y en 1327 capitanea un levantamiento contra el propio rey, aunque no tarda en llegar la paz entre ambos caballeros, Enviuda de nuevo y se casa de nuevo esta vez con Doña Blanca Núñez. En 1343 interviene en la batalla de Algeciras junto a Alfonso XI y entra vencedor en ella.

Don Juan Manuel se convirtió en uno de los hombres más ricos y poderosos de su época, y, además de mantener él solo un ejército de mil caballeros, llegó a acuñar su moneda propia durante un tiempo, tal y como hacían los reyes.

Hay que apreciar que un hombre que viene de la alta nobleza y que se dedicara a la cultura compaginando toda su vida sus actividades como escritor y como noble caballero.
Tenía el ejemplo de Alfonso X el Sabio que reunió en su corte traductores de árabe, latín, judíos en la Escuela Traductores de Toledo, haciendo traducir al castellano muchos textos que son su labor no hubieran llegado a la actualidad.

Por Toledo paso toda la cultura siendo un enclave muy importante y con Carlos V  llegó a ser el centro del imperio con su castillo “El Alcázar”  rodeado por el Tajo siendo muy difícil acceder solo usando los puentes que estaban vigilados.
Su nombre era Juan y el nombre del padre era el apellido Manuel y posteriormente se añadiría Ez como hijo de y ya no se añadiría el nombre del padre como apellido.
Don Juan Manuel velaba mucho por su patrimonio  le gustaba la cultura pero su hacienda era lo principal.

Los cuentos tenían un final moral para salvar la honra pues todo son ejemplos, en la edad media los cuentos se llamaban EXEMPLOS  pues eran textos ejemplares de los que se sacaba algo positivo y eran moralmente buenos.

Por eso dice que obraba para enaltecer su honra y su hacienda y prepararse un lugar en el cielo, pues la honra era lo más importante después de la hacienda.
D. Juan Manuel era una persona muy descontenta y buscaba como aumentar su patrimonio teniendo muchos pleitos, luchas, disputas, guerras con moros y cristianos, pues todo lo hacía con el fin de engrandecer su honra y hacienda.

Escribió varios tratados literarios y libros pero el más valioso es el Conde Lucanor, que es una colección de cuentos comenzando por un prólogo con el que quería ilustrar con un fin moral para justificar su aumento de patrimonio y a continuación, una entradilla y al final para terminar con dos versos con una moralejilla.
Algunos cuentos han sobrevivido y los han recogido autores como Jorge Luis Borges.



EL CONDE LUCANOR






El Conde Lucanor o Libro de los ejemplos o Libro de Patronio es la obra no sólo de un escritor, sino de un militar y de un político, es la obra de un noble y la obra de un cristiano, sobre todo hay que valorar que es la obra de un Infante que no llegó a reinar.
En la Edad Media había una especie de misoginia donde las mujeres eran embaucadoras y no tenían buena fama, hay un libro de la Edad Media solo dedicado a los engaños y enredos que podían hacer las mujeres y por otro lado como la Virgen era objeto de culto también tenía una parte idealista.

En el Renacimiento esta característica cambia colocando a la mujer en un pedestal, hornacina como Garcilaso de la Vega, no como ocurría en la Edad Media.
La mujer debía ser débil y sumisa y el marido debía tener astucia para doblegarla sin que ella de diera cuenta, en el cuento de Juan Manuel donde el mancebo se casó con una mujer fuerte y brava, sirviendo de ejemplo para para fierecilla domada de Shakespeare.
Toda la literatura en la Edad Media tenía un fin didáctico con un fin moral derivando en una moraleja con una enseñanza que ayudase a vivir en la vida.

Cuento XXXV -El conde Lucanor.

Lo que sucedió a un mancebo que casó con una muchacha muy rebelde
Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le decía:
- Patronio, un pariente mío me ha contado que lo quieren casar con una mujer muy rica y más ilustre que él, por lo que esta boda le sería muy provechosa si no fuera porque, según le han dicho algunos amigos, se trata de una doncella muy violenta y colérica. Por eso os ruego que me digáis si le debo aconsejar que se case con ella, sabiendo cómo es, o si le debo aconsejar que no lo haga.

- Señor conde -dijo Patronio-, si vuestro pariente tiene el carácter de un joven cuyo padre era un honrado moro, aconsejadle que se case con ella; pero si no es así, no se lo aconsejéis.

El conde le rogó que le contase lo sucedido.

Patronio le dijo que en una ciudad vivían un padre y su hijo, que era excelente persona, pero no tan rico que pudiese realizar cuantos proyectos tenía para salir adelante. Por eso el mancebo estaba siempre muy preocupado, pues siendo tan emprendedor no tenía medios ni dinero.

En aquella misma ciudad vivía otro hombre mucho más distinguido y más rico que el primero, que sólo tenía una hija, de carácter muy distinto al del mancebo, pues cuanto en él había de bueno, lo tenía ella de malo, por lo cual nadie en el mundo querría casarse con aquel diablo de mujer.

Aquel mancebo tan bueno fue un día a su padre y le dijo que, pues no era tan rico que pudiera darle cuanto necesitaba para vivir, se vería en la necesidad de pasar miseria y pobreza o irse de allí, por lo cual, si él daba su consentimiento, le parecía más juicioso buscar un matrimonio conveniente, con el que pudiera encontrar un medio de llevar a cabo sus proyectos. El padre le contestó que le gustaría mucho poder encontrarle un matrimonio ventajoso.

Dijo el mancebo a su padre que, si él quería, podía intentar que aquel hombre bueno, cuya hija era tan mala, se la diese por esposa. El padre, al oír decir esto a su hijo, se asombró mucho y le preguntó cómo había pensado aquello, pues no había nadie en el mundo que la conociese que, aunque fuera muy pobre, quisiera casarse con ella. El hijo le contestó que hiciese el favor de concertarle aquel matrimonio. Tanto le insistió que, aunque al padre le pareció algo muy extraño, le dijo que lo haría.

Marchó luego a casa de aquel buen hombre, del que era muy amigo, y le contó cuanto había hablado con su hijo, diciéndole que, como el mancebo estaba dispuesto a casarse con su hija, consintiera en su matrimonio. Cuando el buen hombre oyó hablar así a su amigo, le contestó:

- Por Dios, amigo, si yo autorizara esa boda sería vuestro peor amigo, pues tratándose de vuestro hijo, que es muy bueno, yo pensaría que le hacía grave daño al consentir su perjuicio o su muerte, porque estoy seguro de que, si se casa con mi hija, morirá, o su vida con ella será peor que la misma muerte. Mas no penséis que os digo esto por no aceptar vuestra petición, pues, si la queréis como esposa de vuestro hijo, a mí mucho me contentará entregarla a él o a cualquiera que se la lleve de esta casa.

Su amigo le respondió que le agradecía mucho su advertencia, pero, como su hijo insistía en casarse con ella, le volvía a pedir su consentimiento.

Celebrada la boda, llevaron a la novia a casa de su marido y, como eran moros, siguiendo sus costumbres les prepararon la cena, les pusieron la mesa y los dejaron solos hasta la mañana siguiente. Pero los padres y parientes del novio y de la novia estaban con mucho miedo, pues pensaban que al día siguiente encontrarían al joven muerto o muy mal herido.

Al quedarse los novios solos en su casa, se sentaron a la mesa y, antes de que ella pudiese decir nada, miró el novio a una y otra parte y, al ver a un perro, le dijo ya bastante airado:
- ¡Perro, danos agua para las manos!

El perro no lo hizo. El mancebo comenzó a enfadarse y le ordenó con más ira que les trajese agua para las manos. Pero el perro seguía sin obedecerle. Viendo que el perro no lo hacía, el joven se levantó muy enfadado de la mesa y, cogiendo la espada, se lanzó contra el perro, que, al verlo venir así, emprendió una veloz huida, perseguido por el mancebo, saltando ambos por entre la ropa, la mesa y el fuego; tanto lo persiguió que, al fin, el mancebo le dio alcance, lo sujetó y le cortó la cabeza, las patas y las manos, haciéndolo pedazos y ensangrentando toda la casa, la mesa y la ropa.

Después, muy enojado y lleno de sangre, volvió a sentarse a la mesa y miró en derredor. Vio un gato, al que mandó que trajese agua para las manos; como el gato no lo hacía, le gritó:

¡Cómo, falso traidor! ¿No has visto lo que he hecho con el perro por no obedecerme? Juro por Dios que, si tardas en hacer lo que mando, tendrás la misma muerte que el perro.
El gato siguió sin moverse, pues tampoco es costumbre suya llevar el agua para las manos. Como no lo hacía, se levantó el mancebo, lo cogió por las patas y lo estrelló contra una pared, haciendo de él más de cien pedazos y demostrando con él mayor ensañamiento que con el perro.

Así, indignado, colérico y haciendo gestos de ira, volvió a la mesa y miró a todas partes. La mujer, al verle hacer todo esto, pensó que se había vuelto loco y no decía nada.
Después de mirar por todas partes, vio a su caballo, que estaba en la cámara y, aunque era el único que tenía, le mandó muy enfadado que les trajese agua para las manos; pero el caballo no le obedeció. Al ver que no lo hacía, le gritó:

- ¡Cómo, don caballo! ¿Pensáis que, porque no tengo otro caballo, os respetaré la vida si no hacéis lo que yo mando? Estáis muy confundido, pues si, para desgracia vuestra, no cumplís mis órdenes, juro ante Dios daros tan mala muerte como a los otros, porque no hay nadie en el mundo que me desobedezca que no corra la misma suerte.

El caballo siguió sin moverse. Cuando el mancebo vio que el caballo no lo obedecía, se acercó a él, le cortó la cabeza con mucha rabia y luego lo hizo pedazos.


Al ver su mujer que mataba al caballo, aunque no tenía otro, y que decía que haría lo mismo con quien no le obedeciese, pensó que no se trataba de una broma y le entró tantísimo miedo que no sabía si estaba viva o muerta.

Él, así, furioso, ensangrentado y colérico, volvió a la mesa, jurando que, si mil caballos, hombres o mujeres hubiera en su casa que no le hicieran caso, los mataría a todos. Se sentó y miró a un lado y a otro, con la espada llena de sangre en el regazo; cuando hubo mirado muy bien, al no ver a ningún ser vivo sino a su mujer, volvió la mirada hacia ella con mucha ira y le dijo con muchísima furia, mostrándole la espada:

- Levantaos y dadme agua para las manos.

La mujer, que no esperaba otra cosa sino que la despedazaría, se levantó a toda prisa y le trajo el agua que pedía. Él le dijo:

- ¡Ah! ¡Cuántas gracias doy a Dios porque habéis hecho lo que os mandé! Pues de lo contrario, y con el disgusto que estos estúpidos me han dado, habría hecho con vos lo mismo que con ellos.

Después le ordenó que le sirviese la comida y ella le obedeció. Cada vez que le mandaba alguna cosa, tan violentamente se lo decía y con tal voz que ella creía que su cabeza rodaría por el suelo.

Así ocurrió entre los dos aquella noche, que nunca hablaba ella sino que se limitaba a obedecer a su marido. Cuando ya habían dormido un rato, le dijo él:

- Con tanta ira como he tenido esta noche, no he podido dormir bien. Procurad que mañana no me despierte nadie y preparadme un buen desayuno.

Cuando aún era muy de mañana, los padres, madres y parientes se acercaron a la puerta y, como no se oía a nadie, pensaron que el novio estaba muerto o gravemente herido. Viendo por entre las puertas a la novia y no al novio, su temor se hizo muy grande.
Ella, al verlos junto a la puerta, se les acercó muy despacio y, llena de temor, comenzó a increparles:

- ¡Locos, insensatos! ¿Qué hacéis ahí? ¿Cómo os atrevéis a llegar a esta puerta? ¿No os da miedo hablar? ¡Callaos, si no, todos moriremos, vosotros y yo!

Al oírla decir esto, quedaron muy sorprendidos. Cuando supieron lo ocurrido entre ellos aquella noche, sintieron gran estima por el mancebo porque había sabido imponer su autoridad y hacerse él con el gobierno de su casa. Desde aquel día en adelante, fue su mujer muy obediente y llevaron muy buena vida.

Pasados unos días, quiso su suegro hacer lo mismo que su yerno, para lo cual mató un gallo; pero su mujer le dijo:

- En verdad, don Fulano, que os decidís muy tarde, porque de nada os valdría aunque mataseis cien caballos: antes tendríais que haberlo hecho, que ahora nos conocemos de sobra.

Y concluyó Patronio:

- Vos, señor conde, si vuestro pariente quiere casarse con esa mujer y vuestro familiar tiene el carácter de aquel mancebo, aconsejadle que lo haga, pues sabrá mandar en su casa; pero si no es así y no puede hacer todo lo necesario para imponerse a su futura esposa, debe dejar pasar esa oportunidad. También os aconsejo a vos que, cuando hayáis de tratar con los demás hombres, les deis a entender desde el principio cómo han de portarse con vos.
El conde vio qu
e este era un buen consejo, obró según él y le fue muy bien.
Como don Juan comprobó que el cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Si desde un principio no muestras quién eres,
nunca podrás después, cuando quisieres.


Cuento VII – El conde Lucanor – Doña Truhana

De lo que aconteció a una mujer que le decían doña Truhana

Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio en esta guisa:

- Patronio, un hombre me dijo una razón y mostrome la manera cómo podía ser. Y bien os digo que tantas maneras de aprovechamiento hay en ella que, si Dios quiere que se haga así como él me dijo, que sería mucho de pro pues tantas cosas son que nacen las unas de las otras que al cabo es muy gran hecho además.

Y contó a Patronio la manera cómo podría ser. Desde que Patronio entendió aquellas razones, respondió al conde en esta manera:

- Señor conde Lucanor, siempre oí decir que era buen seso atenerse el hombre a las cosas ciertas y no a las vanas esperanzas pues muchas veces a los que se atienen a las esperanzas, les acontece lo que le pasó a doña Truhana.

Y el conde le preguntó como fuera aquello.

- Señor conde -dijo Patronio-, hubo una mujer que tenía nombre doña Truhana y era bastante más pobre que rica; y un día iba al mercado y llevaba una olla de miel en la cabeza. Y yendo por el camino, comenzó a pensar que vendería aquella olla de miel y que compraría una partida de huevos y de aquellos huevos nacerían gallinas y después, de aquellos dineros que valdrían, compraría ovejas, y así fue comprando de las ganancias que haría, que hallóse por más rica que ninguna de sus vecinas.

Y con aquella riqueza que ella pensaba que tenía, estimó cómo casaría sus hijos y sus hijas, y cómo iría acompañada por la calle con yernos y nueras y cómo decían por ella cómo fuera de buena ventura en llegar a tan gran riqueza siendo tan pobre como solía ser.
Y pensando esto comenzó a reír con gran placer que tenía de su buena fortuna, y riendo dio con la mano en su frente, y entonces cayóle la olla de miel en tierra y quebróse. Cuando vio la olla quebrada, comenzó a hacer muy gran duelo, temiendo que había perdido todo lo que cuidaba que tendría si la olla no se le quebrara.

Y porque puso todo su pensamiento por vana esperanza, no se le hizo al cabo nada de lo que ella esperaba.

Y vos, señor conde, si queréis que los que os dijeren y lo que vos pensareis sea todo cosa cierta, creed y procurad siempre todas cosas tales que sean convenientes y no esperanzas vanas. Y si las quisiereis probar, guardaos que no aventuréis ni pongáis de los vuestro, cosa de que os sintáis por esperanza de la pro de lo que no sois cierto.
Al conde le agradó lo que Patronio le dijo e hízolo así y hallóse bien por ello.
Y porque a don Juan contentó este ejemplo, hízolo poner en este libro e hizo estos versos:

A las cosas ciertas confiad
y las vanas esperanzas, dejad de lado.

Estos cuentos has sido usados por otros autores como es el caso de la Lechera de Samaniego.

El deán es un sacerdote católico  que preside el cabildo de una catedral después del obispo, este es  un cuento muy bien escrito y el mago que hacía nigromancia, magia negra, siendo un cuento muy moderno en su planteamiento y sus recursos fueron utilizados por escritores muy importantes posteriores.

Cuento XI – El conde Lucanor – El deán de Santiago

De lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, gran maestro que moraba en Toledo
Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y contábale sus asuntos de esta guisa:

- Patronio, un hombre vino a rogarme que le ayudase en un hecho en que había menester mi ayuda, y prometiome que haría por mí todas las cosas que fuesen mi pro y mi honra. Y yo comencele a ayudar cuanto pude en aquel hecho. Y antes de que el negocio fuese acabado, creyendo él que ya el negocio suyo estaba resuelto, acaeció una cosa en que cumplía que él la hiciese por mí, y roguele que la hiciese y él púsome excusa. Y después acaeció otra cosa que él hubiese podido hacer por mí, y púsome otrosí excusa: y esto me hizo en todo lo que yo le rogué que hiciese por mí. Y aquel hecho por el que él me rogó, no está aún resuelto, ni se resolverá si yo no quiero. Y por la confianza que yo he en vos y en el vuestro entendimiento, ruégoos que me aconsejéis lo que haga en esto.

- Señor conde -dijo Patronio-, para que vos hagáis en esto lo que vos debéis, mucho querría que supieseis lo que aconteció a un deán de Santiago con don Illán, el gran maestro que moraba en Toledo.

Y el conde le preguntó cómo había sido aquello.

- Señor conde -dijo Patronio-, en Santiago había un deán que había muy gran talante de saber el arte de la nigromancia1, y oyó decir que don Illán de Toledo sabía de ello más que ninguno que viviese en aquella sazón. Y por ello vínose para Toledo para aprender aquella ciencia. Y el día que llegó a Toledo, enderezó luego a casa de don Illán y hallolo que estaba leyendo en una cámara muy apartada; y luego que llegó a él, recibiolo muy bien y díjole que no quería que le dijese ninguna cosa de aquello por lo que venía hasta que hubiesen comido. Y cuidó muy bien de él e hízole dar muy buena posada, y todo lo que hubo menester, y diole a entender que le placía mucho con su venida.

Y después que hubieron comido, apartose con él y contole la razón por la que allí había venido, y rogole muy apremiadamente que le mostrase aquella ciencia, que él había muy gran talante de aprenderla. Y don Illán díjole que él era deán y hombre de gran rango y que podría llegar a gran estado y los hombres que gran estado tienen, desde que todo lo suyo han resuelto a su voluntad, olvidan muy deprisa lo que otro ha hecho por ellos. Y él, que recelaba que desde que él hubiese aprendido de él aquello que él quería saber, que no le haría tanto bien como él le prometía. Y el deán le prometió y le aseguró que de cualquier bien que él tuviese, que nunca haría sino lo que él mandase.

Y en estas hablas estuvieron desde que hubieron yantado 2 hasta que fue hora de cena. De que su pleito fue bien asosegado entre ellos, dijo don Illán al deán que aquella ciencia no se podía aprender sino en lugar muy apartado y que luego, esa noche, le quería mostrar do habían de estar hasta que hubiese aprendido aquello que él quería saber. Y tomole por la mano y llevole a una cámara. Y, en apartándose de la otra gente, llamó a una manceba de su casa y díjole que tuviese perdices para que cenasen esa noche, mas que no las pusiese a asar hasta que él se lo mandase.

Y desde que esto hubo dicho llamó al deán; y entraron ambos por una escalera de piedra muy bien labrada y fueron descendiendo por ella muy gran rato de guisa que parecía que estaban tan bajos que pasaba el río Tajo sobre ellos. Y desde que estuvieron al final de la escalera, hallaron una posada muy buena, y una cámara muy adornada que allí había, donde estaban los libros y el estudio en que había de leer. Y desde que se sentaron, estaban parando mientes en cuáles libros habían de comenzar. Y estando ellos en esto, entraron dos hombres por la puerta y diéronle una carta que le enviaba el arzobispo, su tío, en que le hacía saber que estaba muy doliente y que le enviaba rogar que, si le quería ver vivo, que se fuese luego para él. Al deán le pesó mucho de estas nuevas; lo uno por la dolencia de su tío, y lo otro porque receló que había de dejar su estudio que había comenzado. Pero puso en su corazón el no dejar aquel estudio tan deprisa e hizo sus cartas de respuesta y enviolas al arzobispo su tío. Y de allí a unos tres días llegaron otros hombres a pie que traían otras cartas al deán, en que le hacían saber que el arzobispo era finado3, y que estaban todos los de la iglesia en su elección y que fiaban en que, por la merced de Dios, que le elegirían a él, y por esta razón que no se apresurase a ir a la iglesia. Porque mejor era para él que le eligiesen estando en otra parte, que no estando en la Iglesia.

Y de allí al cabo de siete o de ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos y muy bien aparejados, y cuando llegaron a él besáronle la mano y mostráronle las cartas que decían cómo le habían elegido arzobispo. Y cuando don Illán esto oyó, fue al electo y díjole cómo agradecía mucho a Dios porque estas buenas nuevas le habían llegado en su casa; y pues Dios tanto bien le había hecho, que le pedía como merced que el deanato que quedaba vacante que lo diese a un hijo suyo. El electo díjole que le rogaba que le quisiese permitir que aquel deanato que lo hubiese un su hermano; mas que él haría bien de guisa que él quedase contento, y que le rogaba que se fuese con él para Santiago y que llevase él a aquel su hijo. Don Illán dijo que lo haría.

Y fuéronse para Santiago; y cuando allí llegaron fueron muy bien recibidos y muy honrosamente. Y desde que moraron allí un tiempo, un día llegaron al arzobispo mandaderos del papa con sus cartas en las cuales le daba el obispado de Tolosa, y que le concedía la gracia de que pudiese dar el arzobispado a quien quisiese. Cuando don Illán esto oyó, recordándole muy apremiadamente lo que con él había convenido, pidiole como merced que lo diese a su hijo; y el arzobispo le rogó que consintiese que lo hubiese un su tío, hermano de su padre. Y don Illán dijo que bien entendía que le hacía gran tuerto, pero que esto que lo consentía con tal de que estuviese seguro de que se lo enmendaría más adelante. El arzobispo le prometió de toda guisa que lo haría así y rogolo que fuese con él a Tolosa.

Y desde que llegaron a Tolosa, fueron muy bien recibidos de los condes y de cuantos hombres buenos había en la tierra. Y desde que hubieron allí morado hasta dos años, llegáronle mandaderos del papa con sus cartas en las cuales le hacía el papa cardenal y que le concedía la gracia de que diese el obispado de Tolosa a quien quisiese. Entonces fue a él don Illán y díjole que, pues tantas veces le había fallado en lo que con él había acordado, que ya aquí no había lugar para ponerle excusa ninguna, que no diese alguna de aquellas dignidades a su hijo. Y el cardenal rogole que consintiese que hubiese aquel obispado un su tío, hermano de su madre, que era hombre bueno y anciano; mas que, pues él cardenal era, que se fuese con él para la corte, que asaz había en que hacerle bien. Y don Illán quejose de ello mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, y fuese con él para la corte.

Y desde que allí llegaron, fueron muy bien recibidos por los cardenales y por cuantos allí estaban en la corte, y moraron allí muy gran tiempo. Y don Illán apremiando cada día al cardenal que le hiciese alguna gracia a su hijo, y él poníale excusas.

Y estando así en la corte, finó el papa; y todos los cardenales eligieron a aquel cardenal por papa. Entonces fue a él don Illán y díjole que ya no podía poner excusa para no cumplir lo que le había prometido. Y el papa le dijo que no le apremiase tanto, que siempre habría lugar para que le hiciese merced según fuese razón. Y don Illán se comenzó a quejar mucho, recordándole cuántas cosas le había prometido y que nunca le había cumplido ninguna, y diciéndole que aquello recelaba él la primera vez que con él había hablado y pues que a aquel estado era llegado y no le cumplía lo que le había prometido, que ya no le quedaba lugar para esperar de él bien ninguno. De esta queja se quejó mucho el papa y comenzole a maltraer diciéndole que, si más le apremiase, que le haría echar en una cárcel, que era hereje y mago, que bien sabía él que no había otra vida ni otro oficio en Toledo donde él moraba, sino vivir de aquel arte de la nigromancia.

Y desde que don Illán vio cuán mal galardonaba el papa lo que por él había hecho, despidiose de él y ni siquiera le quiso dar el papa para que comiese por el camino. Entonces don Illán dijo al papa que pues otra cosa no tenía para comer, que se habría de tornar a las perdices que había mandado a asar aquella noche, y llamó a la mujer y díjole que asase las perdices.
Cuando esto dijo don Illán, se halló el papa en Toledo, deán de Santiago, como lo era cuando allí vino, y tan grande fue la vergüenza que hubo, que no supo qué decirle. Y don Illán díjole que se fuese con buena ventura y que asaz había probado lo que tenía en él, y que lo tendría por muy mal empleado si comiese su parte de las perdices.
Y vos, señor conde Lucanor, pues veis que tanto hacéis por aquel hombre que os demanda ayuda y no os da de ello mejores gracias, tengo que no habéis por qué trabajar ni aventuraros mucho para llevarlo a ocasión en que os dé tal galardón como el deán dio a don Illán.
El conde tuvo este por buen consejo, e hízolo así y hallose en ello bien.

Y porque entendió don Juan que este ejemplo era muy bueno, hízolo escribir en este libro e hizo de ello estos versos que dicen así:

A quien mucho ayudes y no te lo reconozca
menos ayuda habrás de él desde que a gran honra suba

El cuento de Romaiquia está ubicado en España en Al-Ándalus, este es un cuento muy paradigmático sobre las mujeres en la imaginación el hombre medieval, entre otras cosas la mujer se ha tratado como muy caprichosa, antojadiza.

En los cuentos de Lucanor dice que son una medicina práctica que sirve para usarse en la vida, los buenos para observarlos y seguirlos y los malos para no incurrir en ellos.
El cuento era como una medicina amarga pero que curaba y don Juan Manuel ponía ese ejemplo para explicar que lo que decía no era para que se quedaran con lo amargo sino que sacaran la parte buena, pues la parte mala era imprescindible para poder disfrutar de la buena.

Este cuento era una enseñanza para que las peticiones de las jóvenes que no se acababan nunca se dieran cuenta que no estaba bien, y en lugar de decirles no a su capricho se lo dice de una manera edulcorada en forma de cuento y la gente lo asimilara mucho mejor esa era la función del cuento moral como  la medicina que era mala al paladar pero que curaba.


Cuento XXX- El conde Lucanor – Abenabet y Romaiquia

Lo que sucedió al rey Abenabet de Sevilla con su mujer Romaiquia

Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:

- Patronio, hay un hombre que continuamente me está rogando que le ayude y que le favorezca con algún dinero. Aunque cada vez que lo hago me dice que me lo agradece, cuando me vuelve a pedir, si no le doy más, me da la impresión de que olvida todo lo que anteriormente le haya dado. Por vuestro buen entendimiento os ruego que me aconsejéis el modo de portarme con él.

- Señor conde Lucanor -respondió Patronio-, me parece que os está pasando con este hombre lo que sucedió al rey Abenabet de Sevilla con su mujer Romaiquia.

El conde le preguntó qué le había sucedido.

- Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, el rey Abenabet estaba casado con Romaiquia y amábala más que a nadie en el mundo. Ella fue muy buena, hasta el punto de que sus dichos y hechos se refieren aún entre los moros; pero tenía el defecto de ser muy caprichosa y antojadiza.

Sucedió que una vez, estando en Córdoba, en el mes de febrero, empezó a caer nieve. Cuando Romaiquia vio la nieve comenzó a llorar. Preguntole el rey por qué lloraba. Ella respondió que porque nunca la llevaba a sitios donde nevara. Como Córdoba es tierra cálida donde sólo nieva muy de tarde en tarde, el rey entonces, por agradarla, mandó plantar almendros por toda la sierra, para que, cuando al florecer por el mes de febrero aparecieran cubiertos de nieve, satisfaciera ella su deseo de verla.

Otra vez, estando en su cámara, que daba al río, vio la reina a una mujer del pueblo que, descalza, pisaba lodo para hacer adobes. Cuando la vio Romalquia se puso a llorar. 
Preguntole el rey por qué lloraba. Contestole que porque nunca podía hacer lo que quería, aunque fuera una cosa tan inocente como la que estaba haciendo aquella mujer. El rey entonces, por complacerla, mandó llenar de agua de rosas el estanque grande que hay en Córdoba, y en vez de lodo hizo echar en él azúcar, canela, espliego, clavo, hierbas olorosas, ámbar, algalia y todas las demás especies y perfumes que pudo encontrar, y poner en él un pajonal de cañas de azúcar.

Cuando el estanque estuvo lleno de estas cosas, con las que se hizo el lodo que podéis imaginar, llamó a Romaiquia y le dijo que se descalzase y pisara lodo e hiciera con él cuantos adobes quisiera.

Otro día, por otra cosa que se le antojó, comenzó a llorar. Preguntole el rey por qué lloraba. Respondiole que cómo no iba a llorar si nunca él hacia nada por tenerla contenta. El rey, viendo que habla hecho tanto por darle gusto y satisfacer sus caprichos y que ya no podía hacer más, le dijo en árabe:

Wa la nahar at-tin?, lo que quiere decir: ¿Ni siquiera el día del lodo?, como dándole a entender que, pues olvidaba las otras cosas, no debía olvidarse del lodo que mandó hacer por agradarla.

Vos, señor conde Lucanor, si veis que, aunque hagáis mucho por ese hombre, si no hacéis todo lo que él os pide, luego se olvida y no agradece lo que hayáis hecho, no hagáis por él nada que os perjudique; también os aconsejo que, si alguno os favorece en algo, no os mostréis con él desagradecido al bien que os hiciere.

El conde tuvo este consejo por bueno, lo puso en práctica y le fue muy bien.

Viendo don Juan que esta historia era buena la hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen así:
A quien no te agradezca lo que has hecho
no sacrifiques nunca tu provecho.


ROMANCE

El romance es un tipo de poema característico de la tradición literaria española, compuesto POR la combinación métrica homónima (octosílabos rimados en asonante en los versos pares).
El romance es un poema característico de la tradición oral, y se populariza en el siglo XV, en que se recogen por primera vez por escrito en colecciones denominadas romanceros.
Los romances son generalmente poemas narrativos de una gran variedad temática, según el gusto popular del momento y de cada lugar. Se interpretan declamando, cantando o intercalando canto y declamación.
Una característica de los romances es una reduplicación en el primer verso, con el fin de llamar de esa manera la atención del oyente, por ejemplo Romane del prisionero (anónimo)  Que por mayo era, por mayo …..

ROMANCE DE ABENÁMAR (Anónimo)

- ¡Abenámar, Abenámar,  
moro de la morería,
el día que tú naciste  
grandes señales había!
Estaba la mar en calma,  
la luna estaba crecida,
moro que en tal signo nace  
no debe decir mentira.

Allí respondiera el moro,  
bien oiréis lo que diría:
- Yo te lo diré, señor,  
aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro  
 una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho  
mi madre me lo decía
que mentira no dijese,  
que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey,  
que la verdad te diría.
- Yo te agradezco, Abenámar,  
aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?  
¡Altos son y relucían!

- El Alhambra era, señor,  
y la otra la mezquita,
los otros los Alixares,  
labrados a maravilla.
El moro que los labraba  
cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra,  
otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,  
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,  
castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan,  
bien oiréis lo que decía:
- Si tú quisieses, Granada,  
contigo me casaría;
daréte en arras y dote  
 Córdoba y a Sevilla.
- Casada soy, rey don Juan,  
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene  
muy grande bien me quería.


ROMANCE DE FONTEFRIDA (aninónimo)

Fontefrida, Fontefrida,  
Fontefrida y con amor,
do todas las avecicas  
van tomar consolación,
si no es la tortolica  
que está viuda y con dolor.
Por ahí fuera pasar  
el traidor del ruiseñor,
las palabras que él decía  
llenas son de traición;
- Si tú quisieses, señora,  
yo sería tu servidor.
- Vete de ahí, enemigo,  
malo, falso, engañador,
que ni poso en ramo verde,  
ni en prado que tenga flor,
que si hallo el agua clara, 
turbia la bebía yo;
que no quiero haber marido,  
porque hijos no haya, no,
no quiero placer con ellos,  
ni menos consolación.
Déjame, triste enemigo,  
malo, falso, mal traidor,
que no quiero ser tu amiga  
ni casar contigo, no.


ROMANCE DEL PRISIONERO (anónimo)

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

PARA ESCUCHAR EL CANTO DE LA CALANDRIA


(pulsar imagen de la calandria)




PARA ESCUCHAR EL CANTO DEL RUISEÑOR


(pulsar imagen del ruiseñor)




Hay dos tipos de romances, los romances antiguos que es el romancero anónimo y a imitación de esos romances antiguos otros autores ya conocidos utilizaron  el romance siendo una de las composiciones preferidas de los poetas castellanos y de lo mejor de literatura española.

Por ejemplo como el romancero gitano de García Lorca escrito en romance, Miguel Hernández que escribió el Romancero de Ausencias, romances de Alberti, Espronceda, etc.

El romance es una composición de la Edad Media. Los mas apreciados y genuinos, con mayor encanto son los antiguos que empiezan siempre con una reduplicación.

ROMANCE DE GERINELDO Y LA INFANTA (Anónimo)

- Gerineldo, Gerineldo,  
paje del rey más querido,
quién te tuviera esta noche  
en mi jardín florecido.
Válgame Dios, Gerineldo,  
cuerpo que tienes tan lindo.
- Como soy vuestro criado,  
señora, burláis conmigo.
- No me burlo, Gerineldo,  
que de veras te lo digo.
-¿Y cuándo, señora mía,  
cumpliréis lo prometido?
- Entre las doce y la una  
que el rey estará dormido.
Media noche ya es pasada.  
Gerineldo no ha venido.
«¡Oh, malhaya, Gerineldo,  
quien amor puso contigo!»
- Abráisme, la mi señora,  
abráisme, cuerpo garrido.
- ¿Quién a mi estancia se atreve,  
quién llama así a mi postigo?
- No os turbéis, señora mía,  
que soy vuestro dulce amigo.
Tomáralo por la mano  
y en el lecho lo ha metido;
entre juegos y deleites  
la noche se les ha ido,
y allá hacia el amanecer 
los dos se duermen vencidos.
Despertado había el rey  
de un sueño despavorido.
«O me roban a la infanta  
o traicionan el castillo.»
Aprisa llama a su paje  
pidiéndole los vestidos:
«¡Gerineldo, Gerineldo,  
el mi paje más querido!»
Tres veces le había llamado,  
ninguna le ha respondido.
Puso la espada en la cinta, 
adonde la infanta ha ido;
vio a su hija, vio a su paje  
como mujer y marido.
«¿Mataré yo a Gerineldo,  
a quien crié desde niño?
Pues si matare a la infanta,  
mi reino queda perdido.
Pondré mi espada por medio,  
que me sirva de testigo.»
Y salióse hacia el jardín  
sin ser de nadie sentido.
Rebullíase la infanta  
tres horas ya el sol salido;
con el frior de la espada  
la dama se ha estremecido.
- Levántate, Gerineldo,  
levántate, dueño mío,
la espada del rey mi padre  
entre los dos ha dormido.
- ¿Y adónde iré, mi señora,  
que del rey no sea visto?
- Vete por ese jardín  
cogiendo rosas y lirios;
pesares que te vinieren  
yo los partiré contigo.
- ¿Dónde vienes, Gerineldo,  
tan mustio y descolorido?
- Vengo del jardín, buen rey,  
por ver cómo ha florecido;
la fragancia de una rosa  
la color me ha devaído.
- De esa rosa que has cortado  
mi espada será testigo.
- Matadme, señor, matadme,  
bien lo tengo merecido.
Ellos en estas razones,  
la infanta a su padre vino:
- Rey y señor, no le mates, 
 mas dámelo por marido.
O si lo quieres matar  
la muerte será conmigo.

ROMANCE DEL RIO DUERO (Gerardo Diego - 1896)

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.

Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.

Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.

Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.

Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada,

sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.


EL MAR  (Rafael Alberti - 1924)

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?

En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.

Padre, ¿por qué me trajiste acá?